Estar aquí bajo la lluvia, sintiendo cada gota de agua que roza mi piel, traen a mi memoria esos recuerdos profundos que han dejado huella en mi alma aún en el instante de mi nacimiento, muchas personas preferían estar resguardados en casa, secos y calientitos, pero a diferencias de ellos, el verano debilita los reflejos de lo que ha sido mi vida y los vuelven confusos y fugases, sin embargo, son los días de invierno los que me recuerdan que la vida es un reto trazado desde antes de llegar a este mundo; Y me he dado cuenta que bajo esta tormenta, sopla una leve brisa que se disfraza de dulzura, haciéndome recordar la primera vez que escuche a mi madre decir mientras me encontraba enferma que “vivimos por un milagro de Dios”, no entendía el por qué de sus palabras, pero con el tiempo he descubierto su significado
.
Al momento de nacer, solo por un instante llevé a mi madre conmigo a ese túnel sombrío y
misterioso al que llamamos muerte,
quizás fue el miedo a perder lo único seguro que conocía lo que me obligó a
llevármela, pero luego, creo que fue ese deseo intenso de conocer su rostro, lo
que me dio fuerzas para enfrentarme por primera vez al lugar más frío de había
sentido, porque estaba segura que era su voz dulce la que había escuchado por
nueve meses; sí, fue ella la razón por la que mi devoción hacia las letras y
los números tomaron rumbo, porque fue ella quien me enseñó a que amar, era
proteger, dar y arriesgar, que una sonrisa sincera es la expresión más dulce y
noble que puedes regalar, me ayudó a reconocer que las palabras aprender y enseñar son un don que no todos
adquieren pero que debería ser obligatorio alcanzarlo, y sobre todo, me enseñó
que es posible vivir de muchas maneras, pero solo disfrutas la vida cuando realmente
te das cuenta que cada minuto vivido jamás se repite.
Así de rápido como corren estos hilos de luz que iluminan el cielo oscuro, de igual manera
mis primeros trazos se transformaron de
líneas rápidas y eufóricas a delicadas y con formas, al menos eso sostienen los
trabajos que conserva mi madre como prueba; ella dice que esa rápida evolución
era debido a mi deseo de enseñarle a mi pequeño hermano todas las hazañas que
había logrado, aunque la verdad no lo recuerdo; solo retengo en mi memoria los
cuentos que me leía mi madre todas las veces que se lo pidiera, donde un renacuajo paseador se lo comió un pato por desobediente, una
pobre viejecita se quejaba por su pobreza y una gata llamada Mirringa Mirronga hacia fiesta para celebrar; también recuerdo a
la abuelita María que cantaba conmigo la canción de la iguana, el pollito Po,
sol solecito, las vocales y muñeca de
trapo, durante los meses que estuve en la guardería; tampoco olvido, los fugaces amigos que hice en mi rápido
ascenso de niveles escolares, tan
fugaces que conocí tres colegios en tres ciudades diferentes en tan solo dos años, y para la edad de 6 años
ya alcanzaba el tercero de primaria.
Fue entonces a la edad de 7 años, cuando experimenté por
vez primera la éxtasis de estar rodeada de tantos libros en la pequeña
biblioteca del colegio, donde mi maestras decía que se guardaban todos los
secretos de la vida; es cómico recordar como volaba mi imaginación entre las
páginas del libro de mi maestra, que contaban la historia de María y Efraín, en
mi inocencia podía dibujar los paisajes más puros y virginales al escuchar las
descripciones que narraba la historia en la voz de mi maestra, que ingenua era
entonces al pensar que María era una princesa condenada a vivir en el lugar más
bello pero alejada de la persona que ella quería cuidar.
Por las calles ya se forman pequeños arroyos que aumentan
a cada minuto con la fuerza de la lluvia, y al igual que ellos, mis recuerdos
crecen y avanzan con fuerza, parece que ahora estoy en quinto de primaria y mi
compañero de viajes nocturnos es Marco, un
joven valiente que deja a su padre y hermano en Italia para enfrentarse a un
sin número de dificultades mientras recorre toda Argentina buscando a su madre;
es Apeninos
a los Andes de Edmundo de Amicis, el relato breve que me empuja a perder el miedo
de nadar hacia un mundo mágico, y librarme de esos temerosos momentos de la
aburrida vida cotidiana, donde concursos de agilidad mental, memoria y
construcciones artísticas eran algo aburridos en comparación de mis libros; sin
embargo, lecturas obligatorias de la academia como la obra de José Manuel Marroquín titulada
El moro, frenaron el despegue de mi
vuelo hacia una mágica forma de vida.
Es entonces, que a la edad de doce años retorno mis pasos
a la literatura, todo gracias a las persistente maestra de español, que todas
las clases nos leía un fragmento de un cuento o recitaba alguna frase que
recordaba de alguna obra, fue en esa tentación de saber en qué terminaban los
cuento o dónde se habían escrito aquellas frases, las que me llevó a pasar desde
autores como los hermanos Grimm con Doce
cazadores, Edgar Allan Poe con El barril de amontillado, Oscar Wilde
con El ruiseñor y la rosa, Jorge Luis Borges con La biblioteca total, hasta autores como Fedor Dostoievski con Crimen y castigo. Paradójicamente cuando
cursaba octavo, la maestra Estela nos ánimo a leer El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez,
pero me pareció tan corto que decidí enfrentarme a un gigante, Cien años de Soledad, para aquel
entonces el más temido incluso por las maestras de grados superiores; al
principio parecía desanimarme porque no entendía el ir y venir de la historia y
muchos menos lograba diferencias las generaciones con nombres Arcadio,
Aureliano y Úrsula, pero no me rendí, y cuando me di cuenta antes de cumplir catorce años ya había
alcanzado un gran triunfo.
Caramba! Que rápido pasa el tiempo y ya es hora de
regresar a casa, aunque quisiera quedarme aquí hasta que se detenga la lluvia,
sé que mi madre saldrá con un paraguas a buscarme y obligarme a entrar. De esta
misma manera fui obligada a dejarlo todo e irme lejos de la ciudad en que me
encontraba, y así como dejé mis cosas materiales, también dejé parte de mi
vida, fueron tres largos años los que experimenté empezar literalmente de cero, y aunque estuve
distante de la vida, encontré refugio en la poesía, porque para aquel entonces,
sentimientos extraños empezaron a florecer como un campo de margaritas, a tal
punto que sin darme cuenta mis primeros escritos eran tan cursis que hoy en día
me sonroja leerlos. Aun recuerdo que el primer regalo que recibí en mi
cumpleaños número catorce, fue una agenda color azul aguarina para escribir
versos, que me entregó un joven de hermosos ojos cafés, fue él quien causo revuelo
en mi mundo mágico. He llegado a casa y mi madre me espera con una taza de chocolate caliente con un panecillo, y mientras entro en calor ella seca mis cabellos de la misma forma
que lo hace desde que yo era una niña y regresaba de mis clases en un día lluvioso. El tiempo ha pasado y ya no soy una niña, pero aún me emociona leerle a mis primos las fabulas de Esopo, los cuentos de Perrault, y Teresa Parra, sin embargo hoy me arde el corazón obras como el Vuelo de la reina Tomas Eloy Martínez y siento en la piel parte de esa Genoveva Alcocer en la Tejedora de coronas de Germán Espinosa. Solo puedo reafirmar lo que me dijo mi madre “vivimos por un milagro de Dios”, porque podemos estar al borde de la muerte y aún así tener fuerzas para vivir, porque podemos perderlo todo pero aún así estar dispuestos a ganar mucho más, porque empezamos sintiendo miedo pero aún así no nos dejamos vencer, y porque sencillamente la vida posee una magia que solo se descubre en la medida en que creas que los milagros existen.



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