Mientras
quito la brillante envoltura de este manjar, que guarda en su interior una
pequeña esfera de chocolate negro, relleno de chocolate blanco y una porción de
arequipe, reflexiono acerca del pequeño
pero significante valor que posee para la mayoría de mujeres la acción de
desnudar un bombón de chocolate. Muchos científicos e investigadores por años
han tratado de descubrir cuál es el misterio detrás de los chocolates, por qué
consumir solo una porción de este producto no es suficiente para algunas personas
y por qué solo el hecho de pensar en tenerlo en la boca despierta una sensación
de bienestar en la gente; sin embargo,
por más estudios realizados desde siglos
pasados, aún no han podido llegar a un conceso para dar respuesta a estas
preguntas, permitiendo así que se tejan
historias con dudosa veracidad acerca de
los beneficios o desventajas que tiene
consumir chocolate.
La
cremosidad y la dulzura de este chocolate que se derrite en mi boca traen a la
memoria aquella época en la que mi afinidad por este producto se volvió tan
aguda al punto de convertirse en adicción. Fue alrededor del 2005 cuando la necesidad de comer dos
porciones de chocolate diarios empezó
aumentar descontroladamente, los primeros días del año tomé por costumbre comer
un trozo de chocolate al iniciar y
terminar las clases de la jornada escolar, luego, conforme aumentaban los días
del año también aumentaba sin justificación alguna mi deseo de comer chocolate
durante el desarrollo de cualquier actividad.
Por
aquella época, era una chica muy sociable que simpatizaba con las personas sin
importar dónde estuviera, de tal manera que podía crear lazos de amistad sin la
menor dificultad, por lo tanto, no era extraño recibir tantas atenciones y detalles de terceras personas,
detalles que en la mayoría de las veces eran grandes cajas de chocolates o
bombones rellenos de caramelo que saciaban las ganas de endulzar mis días. Pero
todo empezó a empeorar cuando entré a la
edad en que los chicos te hacen cumplidos solo por tener una bonita cabellera
o hermosos ojos cafés, pues ya no recibía una caja de dulces cada quince días
sino que diariamente se había vuelto un reto comer la variedad de chocolates
que me ofrecían.
Recuerdo el día de mi cumpleaños número trece, recibí obsequios de todas las formas, tamaños y colores, pero los únicos que tuvieron toda mi atención fueron aquellos paquetes rellenos de dulce; me dieron tantos chocolates que podía pasar una semana entera comiendo uno por hora, era delirante probar un sabor diferente cada día, no podía parar de saborearlos y deleitarme con cada bocado. Pero mi desenfrenado deseo por este provocativo bocadillo alarmó a mi familia, y fue entonces, cuando un seguimiento minucioso y una vigilancia estricta me llevaron al borde de la rebeldía; mis padres me quitaron la mesada, intentaron castigarme varias veces decomisándome los dulces e incluso me prohibían recibir cualquier regalo que tuviera relación con los chocolates, pero con tal de saciar mis ganas de sentir bienestar al comerlos no importaba llevarles la contraria. Sin embargo, llegó un punto en que ni siquiera yo misma me conocía, los altibajos de mi conducta y de mis emociones se salieron de control, ya no era capaz de manejar mis propios impulsos y deseos por consumir este producto, solo para liberar anandamida y conseguir ese efecto relajante que dicen es equiparable al efecto que da consumir la marihuana.
Recuerdo el día de mi cumpleaños número trece, recibí obsequios de todas las formas, tamaños y colores, pero los únicos que tuvieron toda mi atención fueron aquellos paquetes rellenos de dulce; me dieron tantos chocolates que podía pasar una semana entera comiendo uno por hora, era delirante probar un sabor diferente cada día, no podía parar de saborearlos y deleitarme con cada bocado. Pero mi desenfrenado deseo por este provocativo bocadillo alarmó a mi familia, y fue entonces, cuando un seguimiento minucioso y una vigilancia estricta me llevaron al borde de la rebeldía; mis padres me quitaron la mesada, intentaron castigarme varias veces decomisándome los dulces e incluso me prohibían recibir cualquier regalo que tuviera relación con los chocolates, pero con tal de saciar mis ganas de sentir bienestar al comerlos no importaba llevarles la contraria. Sin embargo, llegó un punto en que ni siquiera yo misma me conocía, los altibajos de mi conducta y de mis emociones se salieron de control, ya no era capaz de manejar mis propios impulsos y deseos por consumir este producto, solo para liberar anandamida y conseguir ese efecto relajante que dicen es equiparable al efecto que da consumir la marihuana.
Tuve
miedo de perderme en aquel incontrolable deseo,
de ya poder disfrutar de las pequeñas cosas por estar irritada todo el
tiempo a causa de la ausencia de los chocolates, entonces, sin meditarlo más
tiempo le pedí ayuda a la única persona que a pesar de todos mis tiempos de
crisis nunca me juzgó. Mi madre me acompañó durante meses en mis insaciables
ganas de comer chocolate y esperó con paciencia hasta que yo le permitiera
acercarse y brindarme su ayuda; recuerdo la sensación de alivio que recibí al
escucharla decir – cariño, no te preocupes, te ayudaré a superarlo- fue grato
poder contar con ella en ese momento.
Durante
dos años estuve sometida bajo una estricta dieta alimenticia y una rutina
rigurosa para bajar mis niveles de ansiedad, fue duro estar expuesta a
situaciones de presión en las que debía ser capaz de controlar mis respuestas
emocionales frente a los chocolates; mi
hermano, como siempre, buscaba la forma de torturarme comiendo este provocativo
manjar en mi presencia, porque él decía – esta es la forma más rápida de
dominarte hermanita, después se te pasará – creó que tuvo razón, estuve
sometida a tantas situaciones en las que debía decir “NO” a mi misma que luego todo se volvió más
sencillo de sobrellevar.
Hoy
puedo comerme por completo este bombón de chocolate un poco más tranquila que
hace un par de años, quizás sea porque soy consciente del daño que causa el
exceso de algo por más delicioso que parezca. Pero, así de gris como observo la
tarde sentada desde esta banca del parque, en algunas ocasiones veo así de
opaca mi fortaleza a mantener firme frente a semejante tentación.




No hay comentarios:
Publicar un comentario