martes, 15 de abril de 2014

DULCE ADICCIÓN


 Mientras quito la brillante envoltura de este manjar, que guarda en su interior una pequeña esfera de chocolate negro, relleno de chocolate blanco y una porción de arequipe, reflexiono acerca  del pequeño pero significante valor que posee para la mayoría de mujeres la acción de desnudar un bombón de chocolate. Muchos científicos e investigadores por años han tratado de descubrir cuál es el misterio detrás de los chocolates, por qué consumir solo una porción de este producto no es suficiente para algunas personas y por qué solo el hecho de pensar en tenerlo en la boca despierta una sensación de bienestar en la gente;  sin embargo, por más estudios realizados  desde siglos pasados, aún no han podido llegar a un conceso para dar respuesta a estas preguntas,  permitiendo así que se tejan historias con dudosa veracidad  acerca de los beneficios  o desventajas que tiene consumir chocolate.


La cremosidad y la dulzura de este chocolate que se derrite en mi boca traen a la memoria aquella época en la que mi afinidad por este producto se volvió tan aguda al punto de convertirse en adicción. Fue alrededor del  2005 cuando la necesidad de comer dos porciones de chocolate  diarios empezó aumentar descontroladamente, los primeros días del año tomé por costumbre comer un trozo de chocolate al iniciar  y terminar las clases de la jornada escolar, luego, conforme aumentaban los días del año también aumentaba sin justificación alguna mi deseo de comer chocolate durante el desarrollo de cualquier actividad.



Por aquella época, era una chica muy sociable que simpatizaba con las personas sin importar dónde estuviera, de tal manera que podía crear lazos de amistad sin la menor dificultad, por lo tanto, no era extraño recibir tantas  atenciones y detalles de terceras personas, detalles que en la mayoría de las veces eran grandes cajas de chocolates o bombones rellenos de caramelo que saciaban las ganas de endulzar mis días. Pero todo empezó a empeorar cuando entré a la  edad en que los chicos te hacen cumplidos solo por tener una bonita cabellera o hermosos ojos cafés, pues ya no recibía una caja de dulces cada quince días sino que diariamente se había vuelto un reto comer la variedad de chocolates que me ofrecían. 
Recuerdo el día de mi cumpleaños número trece, recibí  obsequios  de todas las formas, tamaños y colores, pero los únicos que tuvieron toda mi atención fueron aquellos paquetes rellenos de dulce; me dieron tantos chocolates que podía pasar una semana entera comiendo uno por hora, era delirante probar un sabor diferente cada día, no podía parar de saborearlos y deleitarme con cada bocado. Pero mi desenfrenado deseo por este provocativo bocadillo alarmó a mi familia, y fue entonces, cuando un seguimiento minucioso y una vigilancia estricta  me llevaron al borde de la rebeldía; mis padres me quitaron la mesada, intentaron castigarme varias veces decomisándome los dulces e incluso me prohibían recibir cualquier regalo que tuviera relación con los chocolates, pero con tal de saciar mis ganas de sentir bienestar al comerlos no importaba llevarles la contraria. Sin embargo, llegó un punto en que ni siquiera yo misma me conocía, los altibajos de mi conducta y de mis emociones se salieron de control, ya no era capaz de manejar mis propios impulsos y deseos por consumir este producto, solo para liberar anandamida y conseguir ese efecto relajante que dicen es equiparable al efecto que da consumir la marihuana.

Tuve miedo de perderme en aquel incontrolable deseo,  de ya poder disfrutar de las pequeñas cosas por estar irritada todo el tiempo a causa de la ausencia de los chocolates, entonces, sin meditarlo más tiempo le pedí ayuda a la única persona que a pesar de todos mis tiempos de crisis nunca me juzgó. Mi madre me acompañó durante meses en mis insaciables ganas de comer chocolate y esperó con paciencia hasta que yo le permitiera acercarse y brindarme su ayuda; recuerdo la sensación de alivio que recibí al escucharla decir – cariño, no te preocupes, te ayudaré a superarlo- fue grato poder contar con ella en ese momento.

Durante dos años estuve sometida bajo una estricta dieta alimenticia y una rutina rigurosa para bajar mis niveles de ansiedad, fue duro estar expuesta a situaciones de presión en las que debía ser capaz de controlar mis respuestas emocionales  frente a los chocolates; mi hermano, como siempre, buscaba la forma de torturarme comiendo este provocativo manjar en mi presencia, porque él decía – esta es la forma más rápida de dominarte hermanita, después se te pasará – creó que tuvo razón, estuve sometida a tantas situaciones en las que debía decir “NO”  a mi misma que luego todo se volvió más sencillo de sobrellevar.

Hoy puedo comerme por completo este bombón de chocolate un poco más tranquila que hace un par de años, quizás sea porque soy consciente del daño que causa el exceso de algo por más delicioso que parezca. Pero, así de gris como observo la tarde sentada desde esta banca del parque, en algunas ocasiones veo así de opaca mi fortaleza a mantener firme frente a semejante tentación.







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