Hace una semana que estamos en casa de mi suegro y hoy martes he prometido hacer unos deliciosos enyucados para variar la merienda, apenas está comenzando el día pero mi madre ya me ha hecho sentir como si me hubiese levantado tarde, pues ya ha servido el desayuno; el día está radiante y lleno de energía como yo, a pesar de que la noche anterior la madre naturaleza amenazara con desatar una gran tormenta, así que el día es perfecto para tener éxito en mi empresa.
¡Estoy en problemas!, me he dejado llevar por la emoción de lucirme ante mi suegro, que olvidé por completo el hecho de no haber preparado jamás un enyucado, solo he visto como los preparan, pero nunca he tenido la batuta de prepararlos… ah! Pero poseo un salvavidas, mi madre, ella sabe casi todo en la cocina, así que no tengo duda alguna del sabor que tendrán mis enyucados.
En la mayor discreción posible pregunté – Mami ¿qué necesito para hacer los enyucados? – Y ella me respondió con un gesto noble digno de ella – mucha paciencia y amor, pero principalmente yuca, coco, panela, anís y mesmoscada – entonces, le pedía a Elver que me trajera unas cinco libras de yuca, me bajara unos cocos de la palmera y me armara el fogón de leña en la sombre del patio, pero este, en la comodidad de su silla me respondió de manera muy directa – uno, no seas mandona, dos, se pide el favor, tres, dame un beso y te ayudo en lo que quieras – el color de los tomates se quedó corto para lo roja que me había puesto ante esas palabras, de tal manera que solo pude acceder de la forma menos incomoda posible ante los ojos de mi familia.
No hay que perder tiempo, la mañana avanza a toda prisa y mi amigo cronos no ha sido mi aliado, ya he reunido todo lo que necesito así que pondré manos a la obra. Primero es necesario pelar y rayar toda la yuca, tarea nada fácil de hacer teniendo en cuenta lo poco cuidadosa que soy al tener un rayador en mis manos, pues siempre termino con mis dedos lastimados o mis manos llenas de curitas, sin embargo, no me siento sola en la tarea porque mi madre y la mujer de mi cuñado se han unió a rayar yuca mientras mi querido amor pone la mejor cara para terminar los oficios que le he encomendado.
Ya son las diez de mañana y hemos terminado de rayar la yuca y el coco en el mismo recipiente, afortunadamente hasta ahora solo se me han dañado un par de unas con el rayador, así que estoy tranquila para continuar sin contratiempo alguno… ¡oh no! Ahora raspar las panelas, creí que lo peor ya había pasado; es necesario tomar un cuchillo e ir destruyendo poco a poco la solides de este delicioso producto fruto de la caña, para mezclarlo de manera más sencilla a nuestra composición. Estuve sola durante la tarea de las 3 primeras panelas porque nadie quería tener vejigas en sus manos o ganar alguna herida por el filo del cuchillo; pero ¡qué horror! He sido un poco torpe y acabo de hacerme una herida un poco profunda con este artefacto corto punzante, la sangre no deja de salir, no quiero arruinar todo el trabajo que he hecho, estoy a punto de llorar.
Sin previo aviso se me acerca un hombre bajo de estatura, con semblante de preocupación y palabras de consuelo, me siento sorprendida, era a quien menos esperaba en el momento, sí, ese hombre moreno y callado era mi suegro que estaba presto para socorrerme en la calamidad. Estuve agradecida de no estar completamente sola, pero me preocupada haber perdido credibilidad ante mi torpeza. Sus sonrisa amable es tranquilizadora, creo aún conservo ante sus ojos lo mejor de mi imagen; con su técnica logra terminar mi oficio en un parpadeo dejando en ridículo el par de hora que demoré raspando tres panelas, es extraño sentirme superada por el papá de mi novio.
He añadido a la composición el último toque de anís y el fogón se encuentra en el punto perfecto para hacer su magia en los enyucados; mi madre me ha ayudado a colocar cuidadosamente la mezcla en el recipiente adecuado y ahora solo resta esperar.
El tiempo avanza a toda prisa y por un momento olvidé revisar el punto de cocción… ¡rayos! Se me han quemado, era lo último que me faltaba, ahora si estaré muy avergonzada.
-Mamá necesito tu ayuda, creo que perdí todo el trabajo, se me han quemado los enyucados. Dije con mucha tristeza casi a punto de romper en llanto.
- Tranquila que no es tan grave, aún se pueden rescatar. Respondió mi madre en medio de una gran carcajada.
Me sentí tan aliviada de tenerla cerca, que me abalancé sobre ella sin previo aviso para darle un beso, estaba nuevamente emocionada, mi arduo trabajo aún podía tener un final delicioso. Mi madre hizo magia con sus manos y ha recuperado casi por completo todos los enyucados, quizás su presentación no se la mejor en estos momentos pero su sabor ¡wau! es increíble. El día está a punto de terminar y todos los presentes en la casa se encuentran disfrutando de una porción de enyucados, me detengo a observar cada una de sus expresiones y descubro que el sabor de esta merienda es suficientemente bueno como para olvidar todas las dificultades obtenidas en el proceso.
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